Una separación necesaria

Una separación necesaria

domingo, 17 de enero de 2021

Te quiero. Pero no a mi lado.

1. Un encuentro inesperado

Marian toma asiento en su mesa de trabajo. Son las siete de la mañana, ha llegado a su trabajo una hora antes de la obligada. Lleva en la mano una taza de café que se ha preparado en la sala del desayuno de la empresa. Aturdida por la falta de sueño, el temporal que ha sacudido la ciudad durante la noche no la ha permitido dormir, su aspecto es somnoliento y se frota la cara con viveza para espabilarse. El jaleo nocturno impidió que hiciera un descanso reparador.

A sorbos va apurando la ardiente bebida esperando entrar en calor y que alguien más, también afectado por la tormenta, asome por la puerta, para alejarse de esta soledad que estima, entre mesas y papeles, con cierta aprensión.

La recepcionista aparece escasos minutos después, llega con cara de pocos amigos. En el rostro luce las secuelas de una mala noche. No haber dormido de forma satisfactoria le deja ha dejado en estado letárgico y camina un tanto dubitativa.

- ¡Buenos días!- Saluda Marian con cierta sorna.

- ¿Seguro? ¿Tú crees que estos son buenos días?- Le responde  en tono de enfado manifiesto. A la legua se ve que la falta de sueño le sienta mal.

- ¡Venga! No te enfades, todos estamos igual. Yo tampoco he dormido. De madrugada se abrió el ventanal de la balconada de mi casa y me puse como una sopa al cerrarla.- Noche desagradable la vivida en La Coruña, viento, lluvia y mucho ruido. Las ramas de los árboles golpeándose entre sí, los cubos de la basura viajando por las calles empujados por el viento tropezaban con estruendo contra coches y fachadas, el zumbido del aire y sobre todo el aguacero crearon un ambiente de lo más molesto a toda la vecindad. El ventanal de la balconada en la casa donde vive Marian, debió cerrarlo de forma defectuosa y se abrió de forma brusca empujado por el viento. Se levantó rápida al oír el golpe de las contras. Al entrar en la galería intenta, con no poca dificultad, cerrarlo. La lluvia la empapaba de arriba abajo mientras no conseguía bloquear el ventanal. Después de la maniobra debió cambiarse toda la ropa, el pijama completamente mojado, el agua la había calado hasta la ropa interior. Mientras se secaba con la toalla de la ducha, en el espejo contempla como se aparecían unas incipientes ojeras, que aún están presentes en su rostro. No ha dormido casi nada. Y todavía tenía ganas de hacer bromas. - “¡Que buena que estoy!”- Expresó jocosa al contemplarse desnuda delante del espejo.

Al hacer ese comentario mostrando una mueca de payasa, Laura se ríe con ganas, el tono desenfadado de Marian hace que se relaje. Ella le cuenta que los bomberos estuvieron delante de la ventana de su dormitorio cortando las ramas de un árbol, que se había caído sobre la calle a media noche.

- La sierra mecánica esa, hacía un ruido espantoso. Menos mal que no cayó en el jardín de casa. Así que estoy hecha polvo. Habrá que irse pronto esta tarde a dormir una siesta, si queremos recuperar sueño, quiero estar espabilada para la cena de mañana. - Le cuenta a Marian. La conversación relaja a Laura, el tono de enojo inicial casi se ha esfumado. – Me preparo un café y vuelvo a mi sitio. - Le dice dándose la vuelta y entra en la sala del desayuno. Al poco rato aparece de nuevo con una taza humeante en la mano y se dirige al mostrador en el que tiene su puesto en la entrada.

 

Marian observa cómo la recepcionista se encamina a su mesa, que casi es un mostrador, en la entrada principal. A través de la cristalera puede verla a diario desde su asiento. De la misma forma contempla, a través de la cristalera, como avanza su figura mientras camina por el pasillo que rodea el despacho, la pecera la llama ella.

Con frecuencia expresan una media sonrisa cuando cruzan las miradas de forma casual. Marian observa reposadamente el paso de esa estampa de alta costura de Laura. Semblante que no ha perdido de sus años de modelo profesional. Por un momento piensa que si estuviera a su alcance no la dejaría escapar, que sería fácil enamorarse de ella. Le cae bien, su trato personal en el trabajo es agradable. Sin embargo, no la acaba de ver en una relación con otra mujer, hay demasiada feminidad en ese cuerpo.  Lo que realmente le molesta, es que no hace otra cosa más que alardear de lo ligona que es, que trae a los chicos de cabeza. Esa forma de presumir pone los nervios de Marian en tensión, cuando está con esa actitud, piensa de ella, que es una fanfarrona estirada.

Marian nunca ha ocultado su sexualidad en los entornos que se ha manejado, tanto laboral como personal. Para ella es un principio básico, no tiene que disimular ante nadie, ni esconderse en si misma por algo que a ella le parece del todo natural. Es como es, porque ha nacido así y no puede cambiar. Siente atracción por las mujeres, los hombres existen para ella solo en el campo laboral y de la amistad, no están en su ámbito de relación sentimental. Hace tiempo que decidió que aparentar lo que no se es, es fingir una falsa personalidad.

El trabajo como coordinadora en una empresa de distribución farmacéutica le permite ganarse la vida. Considera que es importante tener un trabajo solvente para tener independencia económica. Pero la ocupación laboral no ocupa un lugar primordial en su vida, solo es importante. Ella es concienzuda, constante, muy inteligente y dedicada a su función al cien por cien. Cuando termina la jornada olvida todo lo relacionado con los pedidos, el almacén y la coordinación para dedicarse a algo más primordial, su vida como persona, evita que las responsabilidades profesionales incidan en su intimidad. Licenciada en empresariales con mención especial en la Universidad de Compostela. Cuatro años atrás, recaló en A Coruña recién titulada y dispuesta a enfrentarse al mundo con sus cualidades, habilidades y todas sus armas personales.

Es una solitaria pertinaz, lo que no excluye que se relacione satisfactoriamente en sus círculos de trabajo y amistades, eso sí, muy pocas y que ella percibe sólidas. A veces ha compartido vivienda con resultados poco amables. Prefiere la soledad, su soledad. Entiende que quien deba acompañarla en la vida ha de ser alguien que merezca la pena. A los veintiocho años ya se ha vuelto muy selectiva y exigente con el tipo de personas con quien relacionarse.

No oculta su condición sexual, aunque en su porte y apariencia nadie sospecharía su homosexualidad, ella viste, peina y maquilla como cualquier mujer, le gusta estar guapa, que lo es sin artificios. El maquillaje, discreto, realza sus ojos negros y grandes por encima de su pequeña nariz.  Su boca chica explota cuando sonríe y sobre todo destaca su pelo rojizo natural en una melena larga y poblada. Al mirarla cualquiera se queda prendado de la sensación de inocencia que transmite.

 

La jornada de trabajo se desarrolla con bastante normalidad. Laura atendiendo el teléfono, el fax y correos electrónicos en la recepción con su natural simpatía, de vez en cuando entra en la pecera con una sonrisa para entregar a Marian papeles que ella va despachando. Quique, el encargado del almacén y por lo tanto responsable de ejecutar todas las tareas que ella programa, es quien más frecuenta la pecera, es además un buen amigo. Entre ellos hay una buena relación, eso hace que el trabajo funcione como un reloj. Se acerca a ella con unos papeles arrugados en la mano y se los entrega. Amigos personales al margen de la empresa no permiten que su amistad sea un obstáculo o una ventaja en el trabajo. Marian le muestra con la mano otros papeles similares, pero impolutos, que los que tiene sobre la mesa.

- Ya los puedes enviar, Manolín está tomando café ahora, si te das prisa lo pillas en la sala del desayuno. - Le comenta con evidentes signos de cansancio.

Han llegado las cuatro de la tarde y los efectos de la noche anterior comienzan a ser manifiestos en casi todos. La hora de la siesta, sin siesta, se hace eterna. Los bostezos son frecuentes y por el efecto contagio, se multiplican.

- ¿Vaaaaleee?-  Marian responde con una apertura de boca, llegando casi al espiro.

- ¡Tampoco has dormido! Por lo que veo.- Le dice Quique antes de salir.

- Y además creo que me estoy constipando. Anoche me caló la lluvia y me debo haber enfriado algo.- Responde Marian que saca un pañuelo de papel de un paquetito que tiene encima de la mesa y se suena la nariz,  la maniobra hace que se le enrojezca  discretamente.

Pues cuídate, ya sabes, leche calentita con miel y a la cama.-  Le responde su amigo con un consejo de salud y se va. Detrás del encargado aparece Laura en la puerta en ese instante, que pone cara de susto al oír el comentario de Quique.

- ¿Qué te pasa? He oído a Quique decir que te cuides. ¿No irás a ponerte enferma ahora? Que aquí, si no estás, esto es un caos.- Pregunta interesada y le entrega una carpeta llena de papeles.

Tranquila que si hay algo solo será un pequeño resfriado y nada más, gracias por tu interés.- Le contesta con honestidad, aliviando su preocupación.

- Te recuerdo que mañana tenemos cena de empresa y no puedes faltar.- Le apunta Laura queriendo ser positiva.

No me olvido, ya sabes que a las juergas voy aunque sea arrastrando.- Baja el tono de voz.- ¡Por cierto! Ahora que se ha ido.  ¿Ya tienes lo del regalo preparado?- Quique ha cumplido treinta y ocho años hace unos días. Han hecho una colecta entre los compañeros para hacerle un presente durante la cena de la empresa.

Preparado y empaquetado, con su lacito y todo. La tarjeta firmada por todos la he metido dentro del paquete. ¡Menuda sorpresa se va a llevar! – Informa en un tono algo empalagoso.

- ¡Bien! Lo has hecho muy bien. Le va a gustar seguro.- Responde Marian con una sonrisa, Laura se la devuelve y se despide.

- ¡Hasta mañana pues! No faltes.- Le dice con inusitado interés.

No te preocupes, no lo haré.- A Marian le llama la atención el entusiasmo de Laura, no se explica la razón por la que, cuando está cerca, percibe un aura de cierto agrado en su expresión. “Serán apreciaciones mías, o que me gusta y lo veo así” Piensa por un momento. De inmediato rechaza todo pensamiento por improbable o que en ese momento está alucinando.

 

La cena del viernes por la noche resulta como se esperaba, alegre y divertida. A los postres Laura, con su peculiar gracejo y simpatía, le entrega a Quique un paquete envuelto con un lazo y una etiqueta en la que se puede leer “Felicidades”.  Abre el regalo y muestra una sonrisa infantil al ver la colección completa de la discografía de ABBA, el grupo sueco de los años ochenta. Una pasión de chaval que Quique nunca ha ocultado.

Después de la cena comienza la diáspora, los más jóvenes, es decir, casi todos, Todos los demás se dirigen a un bar de copas de un familiar de Susana, esposa de Quique. Dónde había reservado un espacio libre para ellos. La plantilla casi al completo invade el lugar entre risas y bromas. Después de la primera copa Adela, la señorita bien y muy provinciana, se ausenta aludiendo que su marido está solo y ella se encuentra muy cansada. A nadie le extraña que lo haga, la administrativa es conocida como la estrecha de la empresa y parece no encontrarse a gusto en estos ambientes. Casi todos piensan que no sabe divertirse. Entre los compañeros masculinos se opina que debe estar estreñida de forma permanente o que su marido no sabe satisfacerla con éxito.

Marian sigue con ese picorcillo en la nariz que la hace estornudar de vez en cuando, Laura ha bebido algo más de la cuenta y se encuentra en un estado de euforia mantenida y más extrovertida de lo habitual. La juerga continúa entre risas y chanzas. De vez en cuando Quique y Manolín sacan a bailar a las chicas a relevos.

El ambiente se va caldeando conforme avanza la noche, aún no es muy tarde y algunos compañeros también se van marchando después de la primera copa, los que se quedan intentan divertirse todo lo que pueden. Laura saluda a unos amigos que acaban de entrar en el bar. Marian mira con displicencia como despliega toda su simpatía.                         Se abraza con uno de ellos para despedirse y regresa al grupo de la empresa.

- ¿Alguno de tus ligues?- Pregunta Marian con ironía.

– ¿Lo dices por el que he abrazado?- Inquisitoria.

Te he visto hacerlo con euforia y he pensado…- Laura le corta.

- Es mi hermano Paco con sus amigos.- Marian se pone roja de vergüenza, sonrojo que no se aprecia por el efecto de las pocas luces del local.

-¡Uff! Perdona, no sabía…- Laura mira su expresión de culpabilidad. Marian no sabe donde esconderse.

No te preocupes, cualquiera se puede confundir, ya sabes lo ligona que soy.- Algo le dice a Marian que esta afirmación de Laura suena poco sincera, no sabe por qué, pero le da la impresión de ser una cortina de humo. Laura se pide otra copa y se la traga literalmente. Quique sale a bailar con Susana y Manolín coge a Esther, la otra administrativa, de la mano para hacer lo propio. Se quedan ellas dos solas sentadas en la rinconera. Marian contempla a los que están bailando sin decir ni una palabra. Laura vuelve la vista hacia su compañera y aprovecha para preguntar algo que desde que la conoce ha llamado su atención.

- ¡Marian! ¿Te puedo preguntar algo personal?- Marian la mira algo intrigada.

- ¡Sí! Por supuesto. ¡Qué quieres saber!- Laura se muerde el labio inferior dudando. - ¿Desde…? ¿Cuándo… supiste que eras… les…?- No es capaz de acabar la pregunta, se muere de vergüenza.

- ¿Homosexual?- Le corta Marian.  Laura toma aire antes de responder.

- ¡Sí! Quiero decir…  ¿Cómo sabes que te gustan las mujeres?- Ya se atreve con algo más.

- ¡Verás! Es fácil de explicar. Siempre me siento mejor en compañía de una mujer. Los hombres no me atraen. A ti por ejemplo te atraen los hombres como a mí las mujeres.- Responde con convencimiento.

-¡Ya! Y… ¿Te acuestas con mujeres? - Se lanza sin pensar.-  Perdona la pregunta, si estoy siendo indiscreta no tienes que responderme, no es curiosidad morbosa. Es que no sé nada de eso.-

- Y sientes curiosidad. Si no es morbosa ¿Qué tipo de curiosidad es la que tienes? Marian profundiza para conocer mejor el interés de Laura.

– La verdad es que no sabría explicarlo, solo curiosidad. ¿Por qué?

– Nada especial. Solo que estoy habituada y harta de que la gente pregunte cosas impertinentes a veces insultantes y en ocasiones muy, muy desagradables. Si tu intención va por esos derroteros no pienso darte ninguna explicación. ¿Me comprendes? -

Laura se siente avergonzada. Se le enrojecen algo las mejillas, no esperaba una respuesta tan contundente. Vuelve a por otra copa que bebe de un golpe en la misma barra. En los temas sensibles como la heterosexualidad u homosexualidad muestra un cierto puritanismo y timidez palpables, es algo que siempre le ha creado innegable inquietud y aprensión sin saber la causa. Tiene una cierta sensación de culpabilidad y vergüenza mezcladas, pero eso no la desanima, el tono que la bebida proporciona, genera en su mente cierta valentía, serena nunca sería tan osada y regresa al lugar donde permanece sentada Marian con la mirada impasible y se coloca a su lado.  

– ¿Ya has ocultado tu vergüenza debajo de la bebida?- Marian siente cierto resquemor hacia ella, tiene la sensación de que algo oculta y está a la defensiva. Laura mira con extrañeza a Marian, que está contemplando a los que están bailando.

- ¡Si! ¡No! Perdona, no quería molestarte ni ofenderte. Siento curiosidad, me caes bien y pensé que sería una forma de acercarme a ti. Hace tiempo que pienso que podíamos ser buenas amigas.- Marian la mira con cierto pasmo dibujado en su rostro.

- ¿Por qué crees que seriamos buenas amigas? ¿Te atraigo de alguna manera o estás tan borracha que no sabes que decir?- Marian muestra su lado más duro. En las situaciones que alguien se interesó de forma morbosa por su sexualidad, ha terminado por construir un muro defensivo, y en éstas conversaciones muestra una actitud agresiva defensiva y levantando todas las protecciones para resguardar su intimidad.

- ¡Me lo merezco! He sido poco prudente. ¡Discúlpame! No pretendía herir tu sensibilidad. Solo era curiosidad sin malicia. ¡Lo siento! – Aspira aire con profundidad mirando hacia otro lado. - Para compensarte ¿Te puedo pedir una cosa? - Marian la mira con desconfianza.

- ¡Tú dirás!-

- ¿Bailas conmigo?- Le propone, sorprendiendo a Marian que abre los ojos como platos al tiempo que va girando la mirada hacia ella. No sabe que responder, la petición la ha dejado parada.  - ¿No quieres? - Laura espera con la calma que le proporciona el alcohol que ya ha consumido, cree que bailar con ella disipará las dudas de Marian sobre sus intenciones. Su forma de hablar es ligeramente balbuceante y Marian aún no es capaz de discernir si es ella o los efluvios de la bebida.

- ¡Está bien! Vamos a bailar. - Le dice en tono asertivo, nada afable pero tampoco de rechazo. Se dirigen a la pista, la música es lenta y atrayente, se abrazan. Espontáneamente se acoplan de forma natural. Laura, algo más alta, apoya sus manos y brazos sobre los hombros de Marian que, a su vez, coge a Laura por la cintura. El ritmo de la música es pausado, lento, a veces casi parado, la melodía es envolvente, ambas están muy cerca, corre el aire entre ellas, no hay otro contacto que el de sus manos, pero poco a poco Marian percibe que se van arrimando con delicadeza. Siente el calor del cuerpo de Laura cerca de su pecho y luego su aliento cerca del oído despertando en ella una reacción ardiente. Cierra los ojos, aunque no quiere soñar. A cada momento Laura está más y más próxima hasta llegar al contacto físico de sus cuerpos frente a frente. El ardor sube en intensidad hasta que siente que Laura le pasa un brazo por detrás del hombro hacia su espalda. Con la otra mano toma la de ella de su cintura y las sube ambas engarzadas la altura del pecho. Marian mira con desconcierto la maniobra de Laura y levanta la vista hacia ella, aprecia una sonrisa en su expresión y comienza a sentirse confundida. De pronto nota que su mano está siendo acariciada con suavidad por los dedos de Laura, ella los devuelve, mientras le envía una mirada agradable. Los dedos se aprietan entre si y el ritmo lento hace que el acaloramiento crezca. Marian cierra los ojos de nuevo y apoya su rostro sobre las manos enlazadas. Laura también siente un calor en su interior y, sin mediar palabra, acerca su rostro al de Marian y sorpresivamente la besa en los labios. Primero con suavidad para después hurgar con delicadeza en la boca de Marian. Ella la recibe permitiendo que penetre provocando un apasionado beso que se prolonga durante un par de minutos, ambas paradas en el centro de la pista, son foco de atención. A Marian le parece eterno y encantador el momento. Compañeros y amigos observan estupefactos la escena.

Laura separa sus labios de los de Marian con brusquedad, la mira con violencia, se aparta, da media vuelta y se aleja. Recoge sus cosas y sale del local rápidamente. Corre por la calle con gesto dolorido. Alguna lágrima salta de sus ojos confundiéndose con la lluvia que cae, fina pero insistente. Bajo una marquesina se detiene, necesita abrigarse y recapacitar. Comienza a llorar como una niña a la que le han robado la mejor de sus muñecas. Durante un rato permanece en aquel lugar con el llanto por compañía. Su mente es un revoltijo, acaba de hacer algo impulsivo, algo que le pedía su alma y que le gustado de sobremanera, sin embargo no entiende porque lo ha hecho. "Esto no es natural" Se dice en un pensamiento de rechazo a si misma. " Siempre creyendo que era una chica normal y ahora esto. Ella me gusta y me atrae, no sé por qué. En medio de la fiesta y medio bebida, va y sucede, la besé con pasión y además me he dado cuenta que hay algo más aquí dentro" Señala su pecho con la mano derecha apuntando al corazón. Un beso romántico que resultó un tanto precipitado, pero hecho con plenitud, ha resultado ser el despertador de algo que siempre he soñado que sucediera, la aparición de un sentimiento de pasión por alguien que encandilara mi alma. "Y resulta que es una mujer" Se dice sollozando con lamento. Rememora su imagen en su cabeza, ese cabello rojizo, sus labios rosas... de repente nota que su corazón late a mil por hora, se la agita la respiración, le sudan las manos y no sabe qué hacer. Parece un contrasentido, pero está encantada. "¿Que hago ahora? ¿Me acobardo y salgo huyendo? El miedo y la incertidumbre se instalan en su alma y la conducen a la duda, al cuestionamiento de su propia identidad y comienza a aterrarse por lo sucedido y lo que está sintiendo.

 Después de un rato de reflexión, llanto y tratar de serenarse, para un taxi que la conduce al refugio de su casa y una vez allí se esconde entre las sábanas de su cama sollozando angustiada.

Marian se queda en la pista parada y sin saber que ha ocurrido, cree que ha tenido una alucinación, producto del alcohol, aunque ella no bebe en demasía, le molestan las resacas y, está segura, que esa noche ha bebido de forma moderada.

Con paso lento va regresando a casa, la persistente lluvia no le molesta, le fastidia el no saber qué ha pasado. Ese beso, ese beso tiene la impresión de estar envenenado, la ha cautivado. Nunca nadie la besó de esa manera, no por el beso en sí, son las sensaciones que ha percibido, ha sido algo completamente distinto a toda su experiencia. “Algo mágico.” No puede quitárselo de la cabeza mientras camina. Luego, ya en el salón de su casa, o en la cocina preparando una bebida caliente y más tarde acostada en la cama, el beso no desaparece de su pensamiento. Su cara es la expresión de quien se siente feliz. Comienza a pensar que es el más hermoso beso que le han dado nunca, no quiere dormirse y terminar de soñar despierta con algo tan gratificante.

Las caricias de su mano resultaron ser el anticipo, fueron como una muestra de cariño y afecto que desconocía tuviese Laura por ella, nunca había dado señales de ese aprecio hasta el instante en que la besó.

Un beso es la palabra de un sentimiento y después de recibir el de Laura piensa que ella ya ha dicho todo. Una atracción manifiesta la ha impulsado y ella lo ha recibido entre el embeleso y el enigma.